Significado y vigencia

La Historia del pensamiento filosófico de Occidente sería imposible e inconcebible sin Aristóteles. Una afirmación de tal envergadura se basa en los siguientes estamentos o constataciones:

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  1. Aristóteles reúne y aporta las nomenclaturas del lenguaje con que nos expresamos y pensamos [causa, principio, fundamento; razón, concepto, persuasión, creencia, espíritu creativo, receptivo y deseante; ente, ser, esencia, substancia, límite limitante, limitado, ilimitado; determinación, indeterminación, finito, infinito, condicionante, condicionado, incondicionado; necesario, necesario hipotético, posible, contingente, probable, real, imposible, posibilitante; forma, materia, ente compuesto, ente simple, alma; mismidad, alteridad, igualdad, identidad, relativo recíproco, relativo asimétrico, capacidad, unidad, multiplicidad, pluralidad; verdadero, falso, accidente, potencia y acto, movimiento, pasión y acción, lo individual y lo comunitario, cantidad cualidad, lugar, temporalidad; divisible, indivisible o separado; divino y mortal o humano, continuo o discontinuo, extensión, intensión, espacialidad, lenguaje, categorías, modalidad; virtudes éticas, hábitos, virtudes dianoéticas; formas de gobierno, formas de los animales; formas del lenguaje: análisis, síntesis… y un largo etcétera].
  2. Aporta los campos filosóficos diferenciales: la racionalidad teorética de la ontología y la teología que conforman la Filosofia Primera; la física o Filosofía Segunda y la matemática; el campo de la filosofía práctica y política; el campo de la retórica y la poética; la racionalidad lógica y sus métodos; la racionalidad biológica vertida sobre los estudios y la teoría de la ciencia que compete a los animales y las plantas, o la diversa racionalidad cognoscitiva propia del alma y el espíritu del hombre.
  3. Aporta los debates y problemas característicos de las perspectivas histórico-filosóficas [los milesios “físicos”; los pitagóricos y sus investigaciones sobre los ritmos numéricos aritméticos y geométricos; los socráticos y sus escuelas (cirenaicos, cínicos, megáricos o platónicos); los retóricos (Isócrates) y los sofistas Protágoras, Gorgias, Trasímaco, Meliso de Samos…; Platón y los académicos platónicos o filósofos de las formas e ideas: Eudoxo, Jenócrates, Espeusipo… los filósofos pluralistas: Empédocles, Anaxágoras y los Atomistas: Leucipo y Demócrito; los ontólogos del lenguaje: Parménides y Heráclito; los poetas trágicos, los historiadores…] Y un largo etcétera.
  4. En cuanto a su propia Aportación original: discute, como es sabido con Platón en orden a proseguir el camino del bien ontológico y resolver las aporías causales de la participación viva y comunitaria (méthexis) de la acción interpretativa en todos los mundos de la vida botánica, animal y humana. Prosigue así el platonismo más clásico, apartándose de la deriva académica pitagorizante, matemática, cientifísta y mitológica de impronta oligárquica. Desde el pluralismo y la ontología de las diferencias que está en la raíz de todos sus planteamientos busca la articulación y el nexo entre los ámbitos, los límites y los términos del sentido complejo de las síntesis combinatorias y sus condiciones de posibilidad y variación conjugada. Busca las diferencias enlazadas y los juegos más excelentes y refinados del ser cultivado que se da de plurales maneras en el lenguaje de las ciencias, las artes, las técnicas y las configuraciones políticas. Por todos lados desemboca en las ontologías del lenguaje de la acción viva: ya propia de todos los seres animados y sus sociedades, ya propia de los lenguajes humanos de alcance cultural e histórico-político y sus modos reflexivos de retransmisión y aprendizaje progresivo. El museo y la biblioteca son, para Aristóteles, los dispositivos de la ciencia histórica en potencia que se actualiza, como ciencia en acción, por medio de la viva investigación y discusión de los mismos documentos que llevan a cabo los grupos de investigación al actualizar y recrear tales materiales de la selecta memoria escrita. Desde todas las perspectivas posibles estudia Aristóteles e innova  los modos de darse del ser en las razones, los saberes y los lenguajes. La excelencia (areté) de tales acciones comunicativas que dan lugar a comunidad vinculante (lógos) en todos los mundos de la vida animada y la phýsis, traza el contorno de lo que Aristóteles considera divino y sitúa en el límite condicionante del deseo del bien: de la vida buena y feliz. Ningún filósofo ha dado tanta importancia a la alteridad, la diferencia y la amistad; al deseo que nos mueve por amor, ni a la buena sociedad en medio de instituciones justas, como lo han hecho Aristóteles y todos los movimientos (incluidos los religiosos) que lo han seguido.
  5. La recepción histórica de Aristóteles es impresionante: Sin él no hay el Peripato, pero tampoco la Stoa y el Epicureísmo en medio de las tradiciones alejandrinas del helenismo; tampoco el Neoplatonismo posterior de los más elaborados: Jamblico, Siriano, Proclo, Marino… Sin Aristóteles no se da el pensamiento árabe ni judío medievales; tampoco el averroísmo latino, ni las grandes y ricas síntesis escolásticas de Tomás de Aquino y la baja Edad Media; no se habría producido el Renacimiento de Zabarella y Pomponazzi; ni el barroco estoico de Baruch Spinoza (quien probablemente ignora la procedencia estoica del Aristóteles Griego ya irreconocible en las transformaciones escolásticas católicas). El sistema barroco de los infinitesimales de Leibniz sí se sabe plenamente aristotélico y su ontología y teología monadológicas reivindican la primacía espiritual de las acciones expresivas de Aristóteles: simples-plenas e indivisibles o inmateriales como modos esenciales que se agencian los procesos físico-cinéticos. Pasando del Barroco al Idealismo serán Hegel y Schelling, dos de los máximos exponentes de su tendencia especulativa y reflexiva, quienes reconozcan la cumbre aristotélica de la mismidad de la noésica espiritual y subjetual como el modo más propio del ser de la vida y la razón histórica. Mientras que llegando ya hasta nuestros días nos encontramos con el Nietzsche atento lector de La Retórica y La Poética o con un Heidegger que reescribe Ética a Nicómaco en Ser y Tiempo (1927) mientras que continúa indagando en la ontología modal de la verdad (alétheia) de Aristóteles [libro IX de la Metafísica, hasta proseguirle hacia atrás (de acuerdo con el méthodos del Eterno Retorno de Nietzsche) llegando al límite de Heráclito y Parménides, en Tiempo y Ser (1962) tras la Kehre (vuelta, conversión) de su pensar del lenguaje del ser. Tras el Segundo Heidegger será su discípulo Gadamer quien entronice la Filosofía de la Acción (praxis) y la Poética de Aristóteles situándolas como filosofía práctica y como ontología estética (noésica) de la obra de arte, en el centro de la racionalidad hermenéutica interpretativa y participativa que desenvuelve su obra monumental a partir de: Verdad y Método. Lo cual no puede hacernos olvidar a otros discípulos de raigambre aristotélica de Heidegger: Hans Jonas, Herbert Marcuse; Hanna Arendt; Henri Corbin o (en sentido amplio) quienes frecuentaron el Círculo de Eranos. Ha sido Enrico Berti,  uno de los aristotelistas más sabiamente pluralistas: buen conocedor de los saberes y las razones y los lenguajes de Aristóteles, quien ha afirmado recientemente, que además de los mencionados filósofos/as continentales, ha de tenerse en cuenta la enorme impronta de Aristóteles en el pensamiento anglosajón, especialmente en la Pragmática y Neopragmática; haciéndose extensiva su influencia a destacados seguidores de Wittgenstein; para terminar por reconocer (sigue Berti) ya en Paul Ricoeur, ya en Martha Nussbaum, a dos “nuevos” e insignes aristotélicos actuales. Entre ellos se podría contar también a Gianni Vattimo, quien lo enhebra con la racionalidad católica marxista (catocomunista) en la Postmodernidad.
  6. En cuanto al caso del pensamiento filosófico español contemporáneo, baste con nombrar a Xavier Zubiri o a José Gaos; a Eugeni D’oors o Fernando Cubells; al perspectivismo de José Ortega y Gasset y de Julián Marías, entre otros, para hacerse cargo, de modo apenas esquemático, de cómo la idea (noésica) de principio (arché-límite activo y posibilitante) en Aristóteles, sigue estando viva entre nosotros.  A Julián Marías, como es sabido, le debemos dos magníficas traducciones (en colaboración con María Araujo) y sendas Introducciones excelentes a Ética a Nicómaco y a los libros de La Política de Aristóteles.   
  7. No obstante, Aristóteles sigue siendo un gran desconocido. Su pensamiento ha sido transformado y reapropiado por las más variadas filosofías desde La Antigüedad hasta nuestros días, tornándose a menudo irreconocible y hasta una especie de banco de abastos para los conceptos y los términos, los nexos y los ámbitos diferenciales de cualquier filosofía que le robaba el alma, la unitariedad sistémica y el espíritu propios, reduciendo El Corpus a mero instrumento. Así lo han adoptado y retorcido, adaptado y recubierrto, pensadores y escuelas a menudo en pugna entre sí. Sus tesis de politeísmo racional: de teología pluralista inmanente, desembocando en la explicitación ontológica condicional del modo de ser y la vida propia del más divino (no el único) de los seres divinos, no ha sido todavía recibida. Mientras que su más propia elaboración: la de una racionalidad noésica espiritual e interpretativa del sentido de las acciones comunitarias y públicas, está muy lejos de ser no ya todavía aceptada, sino tan siquiera comprendida. Se sigue usando y censurando a Aristóteles sin que el sentido heleno de los textos de su Filosofía sea admitido, reconocido o aceptado, salvo raras excepciones.

Constituye un extraño misterio fascinante que la historia del pensamiento filosófico occidental se escriba y retransmita por la vía racional aristotélica sin que Occidente parezca estar dispuesto a ser filosóficamente aristotélico, sacando de ello las mejores y más responsables consecuencias. Todo lo cual desemboca en una afirmación coherente y sorprendente: Que Aristóteles no sólo sigue fecundando las raíces vivas de nuestro pensamiento y lenguaje filosófico (como lo ha hecho siempre), sino que su escritura y el legado de su pensamiento filosófico han de ser situados en el horizonte nunca rebasado por la Filosofía Occidental y por su futuro (anterior) abierto al porvenir.

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