Los años de la esperanza (1931-1936)

Durante los años de la Segunda República la Universidad de La Laguna siguió inmersa en los problemas que la atenazaban desde su creación. Al deficiente equipamiento, especialmente grave en la nueva Facultad de Ciencias, y a la fuga de catedráticos, se unía el escaso número de alumnos. Las licenciaturas de Derecho y Ciencias, más los cursos comunes de Filosofía y Letras, reunían en los años treinta a poco más de 250 alumnos. La Universidad de La Laguna se perfilaba así con gran diferencia como la universidad más pequeña de España, con apenas un tercio del alumnado de Oviedo y un cuarto de Murcia.

“¿Es cierto, como apunta el presidente de la F.U.E. […], que a los ricos no les importe que se lleven la Universidad de Canarias, porque poseen bienes suficientes para mandar a sus hijos a cursar estudios a otra Universidad? Pero esta Universidad es para el pueblo y el pueblo ha de defenderla”.

Juan de las Casas. “Pro Universidad Canaria”, La Prensa, 16 de enero de 1932.

Estas limitaciones estructurales, que de manera intermitente hacían pender sobre la universidad la espada de Damocles del cierre, contrastan con la ambición con que se encararon las posibilidades abiertas por el nuevo marco democrático y progresista republicano. La Federación Universitaria Escolar (FUE) recogió desde 1930 las esperanzas de cambio y las vinculó a la defensa de la continuidad de la universidad.

Equipo deportivo de la FUE, años 30 (Archivo Alumni ULL)

La extensión universitaria que defendían los estudiantes encontró eco en la Agrupación de los Amigos de la Universidad Nueva, impulsada por el rector Francisco Hernández Borondo, que aspiraba a llevar la cultura a pueblos e islas menores a la manera de las Misiones Pedagógicas republicanas.

Probablemente, el resultado más trascendente de este espíritu dinamizador de la cultura canaria que compartieron los profesores y estudiantes de los años republicanos fue la creación del Instituto de Estudios Canarios en 1932, una ambiciosa empresa que aspiraba a abordar con rigor académico los estudios sobre Canarias.

Las energías del periodo dieron incluso para el inicio de las obras del nuevo edificio que había de resolver la tradicional precariedad de las instalaciones. En agosto de 1935 empezaron las obras del Edificio Central, que tardarían casi dos décadas en concluirse. Y cuando lo hicieron…, el edificio ya se había quedado pequeño.

Grupo de alumnos con el Rector Dr. Hernández Borondo, mayo de 1935 (Archivo Alumni ULL)

De eso no hay… o la precariedad extrema

Luis Bru Villaseca describe así su llegada a La Laguna como catedrático de Física Teórica y Experimental en febrero de 1935: “casi de inmediato le pregunto a Maynar [Decano de Ciencias] por el laboratorio. La respuesta fue también inmediata y animada de cierta socarronería. ‘De eso no hay’ y ¿La biblioteca? continué: ‘ah, eso sí, ven’, y en efecto, en una pequeña habitación, había un armario, en él un libro, cuyo título era BRUÑO Matemáticas financieras” Pero rápidamente el relato recuerda con ilusión el desafío colectivo que supuso sacar los estudios científicos adelante, empresa en la que contó con la colaboración de los canarios Ramón Trujillo, Tomás Quintero y Pilar de la Rosa, más los jóvenes catedráticos que llegaron poco meses después Germán Ancochea, Ricardo San Juan y Juan Sancho. “Algunos bautizaron en aquel entonces a la Facultad de Ciencias de La Laguna, como la Facultad del biberón”.

González González, A. “Notas para una Historia de la Universidad de La Laguna:1940-1963”, En: Historia de la Universidad de La Laguna. La Laguna, 1998.